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Miércoles, 27 Abril 2016 20:01

Jaime de Althaus

Jaime de Althaus. Magister en Antropología. Director y conductor del programa La Hora N, columnista de El Comercio y autor de varios libros sobre desarrollo nacional.

El presidente Ollanta Humala pone cada vez más énfasis en que hay que crecer para incluir. Pero, por alguna extraña razón, hay una conspiración tácita contra un programa que le permitiría no solo incluir, sino incluir creciendo, un programa de inclusión productiva que podría ser el instrumento más potente imaginable para producir la revolución redistributiva que él quisiera. Me refiero a Sierra Productiva, que instala reservorios familiares, riego por aspersión y otras tecnologías en las chacras de los más pobres, que salen así de la pobreza en menos de un año.

Pero este programa privado no es acogido por el ‘establishment’ académico, burocrático y de los organismos internacionales. Hace unos meses, por ejemplo, un estudio de Grade, una institución muy seria, concluyó que el proyecto Sierra Sur, financiado internacionalmente, tenía mejores resultados y menores costos que Sierra Productiva. Pero, revisando la data con detenimiento, es al revés. No entiendo cómo investigadores tan serios cometieron esa manipulación.

El ‘establishment’ de la lucha contra la pobreza tiene sus engreídos. El programa Juntos es uno de ellos, claramente endosado por esos organismos. Pero un estudio etnográfico conducido por los antropólogos Norma Correa (PUCP) y Terry Roopnaraine (IFPRI) en siete comunidades de la selva y de la sierra, si bien encontró algunos efectos positivos de Juntos en educación y salud (aunque la oferta de esos servicios es muy deficiente), descubre “un hallazgo muy importante”: “la marcada percepción acerca de que el programa castiga o excluye a las familias que logran progresar a través de emprendimientos económicos, lo cual puede inhibir el inicio de este tipo de actividades ante el temor de no ser colectivamente reconocido como pobre”.

Esto es sumamente grave. Significa que la comunidad quiere permanecer en la pobreza –o aparentarlo– con tal de seguir recibiendo la asignación de Juntos, corrompiendo el instinto natural de progreso. Pero la prueba de que, pese a ello, los campesinos quieren salir adelante por sus propios medios en lugar de depender es que allí donde llega el programa Sierra Productiva, las cosas cambian. Un informe propalado en “La hora N” muestra que, en los distritos de Chamaca y Livitaca en la provincia de Chumbivilcas en Cusco, las familias usan el dinero de Juntos no para consumir, sino para instalar las tecnologías de Sierra Productiva, precisamente para tener medios propios una vez que se acabe ese dinero. Esto demuestra de manera extraordinaria no solo el espíritu emprendedor de la familia campesina, sino qué programa es superior.

Si reemplazamos Juntos por Sierra Productiva, el costo sería muchísimo menor porque haríamos el gasto una sola vez para que luego las familias salgan de la pobreza por sus propios medios. El presidente Humala haría la gran transformación en el mundo rural si al lado del promotor de Juntos estuviera un Yachachik, para enseñar a los campesinos las tecnologías que pueden instalar con los 100 soles mensuales que reciben. O se diera un premio de, digamos, 10 soles si se animan a gastar en esas tecnologías.

Queremos ciudadanos autónomos, dignos y orgullosos, y no personas anuladas, dependientes de la dádiva estatal.

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Javier Escobal (Grade) ha respondido en este mismo Diario a una columna mía en la que yo argumentaba que Juntos debe tener un sesgo más productivo. Sostiene que hay que separar las cosas: dejar Juntos como está y profundizar la “inclusión económica” con otro programa que ya está en marcha: Mi Chacra Emprendedora-Haku Wiñay.

Según él, “es importante no confundir el objetivo de un programa de transferencias condicionadas que busca romper la transmisión intergeneracional de la pobreza mejorando las oportunidades de educación y salud de los niños, con un programa de generación de ingresos”.

Esa es una frase hecha. En realidad, la mejor manera de “romper la transmisión intergeneracional de la pobreza” es precisamente mediante un programa de generación de ingresos. Si la familia da un salto en su productividad agropecuaria y en la cantidad y calidad de los alimentos que produce, elimina de manera automática y sin amenazas la desnutrición de los niños. Juntos, en cambio, ni siquiera lograría eso. Según la evaluación que hizo Renos Vaquis, del Banco Mundial, en el 2009 Juntos no tenía un impacto en la reducción de la desnutrición infantil.

Es más, las tecnologías de Sierra Productiva ayudan a desaparecer la deserción escolar: al estabular el ganado y pasar a la crianza de animales menores (cuyes, gallinas) en lugar de ovinos, los chicos (sobre todo las hijas) ya no tienen que llevar al ganado a la puna a pastar y, por lo tanto, irán al colegio sin problemas y no para que no les retiren los 100 soles.

En suma, Sierra Productiva (o Haku Wiñay) logran los propios objetivos de Juntos mucho más rápido –en un año o poco más– y con una sola inversión. Juntos, en cambio, da 200 soles bimensuales a la familia ¡durante 20 años!, sin garantizar el resultado, porque la posta médica, si existe, suele no estar implementada, y en la escuela faltan profesores o asisten poco. Más bien ese dinero es un incentivo perverso a que la familia no quiera aventurarse a algún emprendimiento económico que mejore sus ingresos, por temor a perder la subvención, como ha demostrado el estudio de Norma Correa.

Por eso, he sugerido que el gestor local de Juntos acuda al campo acompañado por un yachachiq que simplemente informe acerca de la posibilidad de usar parte de la asignación bimensual para instalar algunas tecnologías, y les enseñe a hacerlo a quienes lo quieran. Estoy seguro de que la aceptación sería masiva, como ha ocurrido donde se ha presentado esta posibilidad. Esto sin detrimento de las otras condicionalidades, que resultan superfluas desde el momento en que la familia sale de la pobreza.

Es absurdo pensar que ofrecerle a una familia campesina la posibilidad de construir un minirreservorio e instalar riego por aspersión sea una opción “vertical o paternalista donde el Estado, o algún iluminado, saben lo que le conviene a cada productor”, como arguye Escobal. Aquí no hay imposición, y es bien difícil que alguien prefiera el secano estéril a la lluvia permanente. Bastará con ofrecer esta posibilidad para que los Andes se transformen.

3

Escobal argumenta que el trabajo de Alan Sánchez y Miguel Jaramillo (goo.gl/BaOmHR) concluye que Juntos sí ha reducido la incidencia de desnutrición crónica extrema en los niños menores de 5 años. Como me he vuelto escéptico respecto de algunas afirmaciones de Escobal, acudí al estudio citado y descubrí lo que sospechaba: Sánchez y Jaramillo más bien no encuentran una reducción de la desnutrición estadísticamente significativa. Tampoco la observan, en un primer análisis, en la desnutrición extrema, pero luego de aplicar una metodología llamada de doble diferencia, si la encuentran, aunque en las conclusiones (p.23) ponen en duda este resultado, debido a problemas en la metodología. 

Pero es el propio Escobal quien revela, en su estudio (goo.gl/O9eeqs ), que “…no encontramos impactos positivos significativos en muchas otras áreas de los niños, como efectos nutricionales a largo plazo o mejoras en su desempeño cognitivo” (p. 13). Y que “no se observan mejoras en el tiempo dedicado a la escuela, el estudio o el juego” (p.8). Es decir, Juntos no está sirviendo para que los niños estén preparados para salir de la pobreza cuando sean grandes, que es su objetivo.

En cambio, el mismo estudio de Escobal encuentra algo muy interesante: que las transferencias de Juntos a las madres habrían facilitado la generación de ingresos adicionales gracias a los emprendimientos (inversiones en animales pequeños o cultivos) que se han podido financiar con esas transferencias. Lo que prueba lo que veníamos sosteniendo: que muchas familias campesinas quisieran usar el dinero de Juntos para instalar tecnologías de riego por aspersión y otras, y si no lo hacen de manera más clara es por temor a ser retirados del programa si se ve que han salido de la pobreza (como encuentra el estudio de Correa et.al.) o porque no tienen la asesoría y la propuesta franca del programa para hacerlo. Por eso hemos sugerido que el gestor local de Juntos acuda al campo acompañado por un yachachiq que informe acerca de la posibilidad de usar parte de la asignación bimensual para instalar algunas tecnologías, y les enseñe a hacerlo a quienes lo quisieran. La aceptación sería, probablemente, masiva, y tendríamos cientos de miles de familias campesinas saliendo rápidamente de la pobreza, una revolución como la que no se ha dado nunca antes.

La mejor manera de cumplir el objetivo de Juntos, de “romper la transmisión intergeneracional de la pobreza”, es precisamente mediante un programa de generación de ingresos. Si la familia da un salto en su productividad agropecuaria y en la cantidad y calidad de los alimentos que produce, elimina de manera automática la desnutrición de los niños, y las tecnologías estabuladas liberan tiempo para que acudan a la escuela. Es que la gente quiere producir sus ingresos por sí misma, no que se los regalen 

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